Necropolítica: El Poder de Decidir Quién Vive y Quién Muere
En su ensayo Necropolítica, Achille Mbembe propone una visión radical del poder moderno que desafía las nociones tradicionales heredadas del pensamiento político occidental. A diferencia de la concepción foucaultiana de la biopolítica, en la cual el poder se define por su capacidad para “hacer vivir y dejar morir”, Mbembe introduce el concepto de necropolítica para referirse a una forma de soberanía que se caracteriza por su facultad de “hacer morir y dejar vivir”. Esta inversión de prioridades revela una verdad incómoda: el ejercicio del poder en las sociedades contemporáneas sigue estando profundamente ligado a la capacidad de decidir quién merece vivir y quién puede ser sacrificado, especialmente cuando se trata de cuerpos racializados, colonizados o excluidos.
Mbembe expone que esta lógica necropolítica se originó en el contexto del colonialismo, donde el soberano europeo ejercía su dominio sobre pueblos enteros a través de la violencia extrema y la deshumanización. El racismo, en este sentido, no es un mero prejuicio, sino una técnica de gobierno que permite legitimar la muerte de aquellos considerados inferiores o ajenos a la comunidad política. En el mundo colonial, el colonizado no era considerado un sujeto político con derechos, sino un cuerpo disponible para la explotación o la eliminación. Esta lógica se ha prolongado hasta nuestros días, adaptándose a nuevas formas de exclusión y control.
El concepto de necropolítica resulta especialmente relevante para analizar fenómenos actuales como las políticas migratorias, la guerra contra el terrorismo o la criminalización de la pobreza. En estos contextos, ciertos grupos sociales son empujados a espacios donde la ley se suspende y la violencia se normaliza. Mbembe habla de “zonas de muerte”, territorios en los que la vida pierde su valor jurídico y simbólico, y donde las personas sobreviven en condiciones de abandono estructural. Estas zonas no son solo físicas, como los campos de refugiados o las prisiones, sino también simbólicas: ser migrante sin papeles, ser joven racializado en un barrio marginado o ser desplazado por conflictos armados implica vivir bajo la amenaza constante de la muerte o del olvido.
Además, el autor denuncia cómo el estado de excepción se ha convertido en una regla de gobierno. Bajo la lógica de la seguridad y el control, los Estados contemporáneos justifican la represión, la vigilancia y la violencia en nombre de un bien superior, como la protección contra el terrorismo o el mantenimiento del orden. Esta dinámica crea un mundo donde la distinción entre la paz y la guerra se diluye, y donde las fronteras entre la vida civil y el campo de batalla se desdibujan. Las poblaciones afectadas por estas políticas no son vistas como ciudadanos con derechos, sino como amenazas latentes que deben ser neutralizadas.
La teoría de Mbembe es provocadora porque obliga a replantear las bases mismas de nuestra convivencia política. Si el poder se ejerce mediante la capacidad de matar o permitir morir, entonces la democracia y los derechos humanos corren el riesgo de convertirse en ficciones para quienes viven en los márgenes del sistema. La necropolítica nos exige pensar más allá del contrato social liberal, hacia una crítica radical de las estructuras que permiten la producción sistemática de vidas descartables. Reconocer estas formas de violencia estructural es el primer paso para construir un proyecto político verdaderamente igualitario, en el que todas las vidas importen por igual, sin importar su origen, raza o condición social.
En conclusión, Necropolítica de Achille Mbembe no solo ofrece una crítica contundente al legado del colonialismo y al racismo estructural, sino que también proporciona una herramienta teórica poderosa para entender las formas contemporáneas del poder y la violencia. Su análisis nos interpela con urgencia: si el mundo actual sigue funcionando mediante la administración desigual de la muerte, entonces cualquier proyecto emancipador debe comenzar por desmontar estas estructuras necropolíticas y afirmar, sin ambigüedad, el valor incondicional de toda vida humana.
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